Adiós al hombre que cambió el sabor del mundo: fallece Michel Rolland, el enólogo sin fronteras
El sector vitivinícola mundial llora la pérdida de Michel Rolland, el consultor más influyente de la historia moderna, quien ha fallecido a los 78 años dejando un legado imborrable en más de trece países. Pionero del concepto «flying winemaker», su visión transformó la manera de entender el viñedo y la bodega, elevando el Malbec argentino y los vinos de autor en España a la categoría de iconos globales. Su partida marca el fin de una era en la que el vino dejó de ser un producto local para convertirse en un lenguaje universal de excelencia y pasión.
¿Quién era realmente el hombre detrás de la leyenda de Pomerol?
La historia de la enología contemporánea no se puede escribir sin mencionar a Pomerol, esa pequeña y prestigiosa región francesa donde el Merlot alcanza cotas de divinidad. Allí, un 24 de diciembre de 1947, nació Michel Rolland en el seno de una familia que respiraba vino. Su árbol genealógico estaba profundamente hundido en la tierra; su bisabuelo, su abuelo y su padre ya entendían que la calidad de una botella comienza mucho antes de descorcharla. De ellos heredó una sensibilidad casi instintiva para interpretar el terroir, ese concepto tan francés que define la unión del suelo, el clima y la mano del hombre. Formado en la prestigiosa Universidad de Burdeos, Rolland no tardó en demostrar que su talento no cabía en una sola región. Aunque sus raíces estaban en Francia, su mirada siempre estuvo puesta en el horizonte. En 1973, junto a su inseparable esposa y socia Dany, fundó un laboratorio de enología en Libourne que hoy sigue siendo un centro neurálgico para la industria, analizando muestras de cerca de mil bodegas cada año. Fue el primer paso de una carrera meteórica que lo llevaría a catar unos 40.000 vinos anuales, una cifra vertiginosa que explica su capacidad para detectar el potencial de un viñedo con solo mojar sus labios en una copa.
El nacimiento del «enólogo volador»: ¿cómo se asesora al mundo entero?
Michel Rolland no se conformó con elaborar vinos en su jardín; él inventó una profesión. Bajo el término de «flying winemaker» o enólogo volador, revolucionó la industria al demostrar que un consultor podía aportar su conocimiento en diferentes hemisferios, aprovechando las distintas épocas de vendimia. Su maleta siempre estaba lista para saltar de China a la India, pasando por Marruecos, Portugal, Sudáfrica o Estados Unidos. Se convirtió en un asesor global que trabajó con más de 150 bodegas de primer nivel, aportando un sello de calidad que buscaba la excelencia sin importar la latitud. Esta omnipresencia le permitió tener una visión periférica del mercado que pocos profesionales han logrado igualar. No se trataba solo de técnica, sino de una filosofía: buscar la máxima expresión de la fruta. Su influencia fue tan vasta que muchas regiones que hoy consideramos potencias vitivinícolas le deben, en gran medida, su prestigio internacional. Rolland no solo vendía asesoramiento; vendía una forma de entender la modernidad líquida, donde la limpieza, la madurez y el equilibrio eran los pilares fundamentales.
Argentina y el milagro del Malbec: ¿por qué fue su segunda patria?
Si hay un lugar donde el impacto de Michel Rolland fue tectónico, ese es Argentina. Su desembarco en 1988, de la mano de Arnaldo Etchart en Cafayate, cambió para siempre el destino de la vitivinicultura sudamericana. En aquel entonces, el vino argentino apenas asomaba al mercado exterior, pero Rolland vio en las tierras de Salta y Mendoza un potencial dormido que solo necesitaba un despertar técnico. En Yacochuya, elaboró uno de los primeros vinos premium del país, pero fue en el Valle de Uco, en Mendoza, donde su ambición tomó forma de proyecto coral. En 1999 fundó Clos de los Siete, una iniciativa pionera donde varios socios franceses se unieron para demostrar que Argentina podía producir vinos de talla mundial. Gracias a su impulso, la variedad Malbec pasó de ser una uva de consumo local a convertirse en la bandera de un país entero en las mesas de más de 70 naciones. Etiquetas como Mariflor y Val de Flores son hoy testimonio de ese romance eterno con la tierra argentina. Su amor por el país fue tal que se afincó allí, integrándose en su cultura, su gastronomía y su gente, siendo recordado no solo como un técnico brillante, sino como un apasionado de los viajes y la vida compartida.
La huella imborrable en España: ¿qué le debe nuestro vino a Rolland?
España también fue escenario de sus grandes revoluciones. En los años 80, cuando el sector nacional buscaba su lugar en la modernidad, Rolland llegó a la Rioja para diseñar el que es considerado el primer vino de autor del país: Cosme Palacio. Aquel movimiento rompió con la tradición de largos envejecimientos en maderas viejas para apostar por la fruta y la expresión del viñedo. Su trabajo en bodegas como Marqués de Cáceres o sus incursiones en Toro y Ribera del Duero elevaron el listón de calidad, obligando a muchas casas familiares a profesionalizarse para competir en el tablero internacional. Pero quizás su proyecto más personal en nuestras tierras fue el que desarrolló junto a Javier Galarreta. Por primera vez en su carrera, Michel Rolland puso su propio apellido en una etiqueta con la gama Rolland Galarreta, creando vinos en Rioja y Ribera del Duero que combinaban la elegancia francesa con el carácter vibrante de la uva española. No podemos olvidar su espíritu aventurero junto a François Lurton en Campo Elíseo, donde exploró los terruños de Rueda y Toro hace ya tres décadas, redescubriendo variedades autóctonas y demostrando que España tenía joyas ocultas listas para ser pulidas.
El «estilo Rolland»: ¿cuáles eran los secretos de su técnica?
Hablar de Michel Rolland es hablar de un estilo propio que generó tantos admiradores como debates enconados. Su firma se basaba en cuatro pilares técnicos que buscaban seducir al consumidor final. En primer lugar, la madurez fenólica: Rolland prefería esperar el momento óptimo de la vendimia, incluso arriesgando una «sobremaduración» para asegurar que los taninos fueran suaves y aterciopelados, eliminando cualquier arista verde o amarga. Esto daba como resultado vinos de gran concentración y potencia, con colores intensos y una presencia de fruta negra casi explosiva. Además, fue el gran popularizador de la microoxigenación, una técnica que consiste en introducir pequeñas burbujas de oxígeno durante la fermentación para estabilizar el color y suavizar la textura del vino. Finalmente, su uso magistral del roble nuevo lograba que la crianza en madera estuviera perfectamente integrada, aportando estructura sin cansar el paladar. Este modelo, diseñado para el disfrute, fue el que dominó las puntuaciones internacionales durante décadas y el que permitió que muchas bodegas desconocidas alcanzaran el éxito comercial de la noche a la mañana.
Entre el éxito y la crítica: ¿fue un estandarizador del gusto?
La figura de Michel Rolland estuvo intrínsecamente ligada a la de Robert Parker, el crítico más poderoso del mundo. Ambos compartían una visión del vino que premiaba la potencia y la madurez, lo que llevó a Rolland a ser el consultor preferido por quienes buscaban los ansiados «100 puntos Parker». Esta relación fue el eje central del famoso documental Mondovino (2004), donde se le retrataba como una figura que, supuestamente, estandarizaba el gusto global en favor de un paladar estadounidense, alejándose de las tradiciones ancestrales europeas. Sin embargo, el tiempo ha puesto las cosas en su lugar. Rolland siempre defendió que su objetivo no era uniformar el mundo, sino evitar que se hiciera mal vino. Sus detractores hablaban de pérdida de identidad, pero sus clientes hablaban de supervivencia económica y éxito cualitativo. Fue un puente entre el viejo y el nuevo mundo, un hombre que entendió antes que nadie que el vino es, ante todo, un placer que debe entenderse y disfrutarse sin necesidad de un manual de instrucciones complejo.
Un legado que vivirá en cada copa descorchada
Hoy, la industria despide no solo a un enólogo, sino a un visionario que supo ver el potencial allí donde otros solo veían tierra seca. Su esposa Dany, compañera de fatigas en cada viaje y cada proyecto, queda como guardiana de una filosofía que ha permeado en miles de profesionales que hoy siguen sus pasos. La partida de Michel Rolland nos deja un mundo del vino más conectado, más profesional y, sin duda, más sabroso. Su nombre seguirá apareciendo en las cartas de los mejores restaurantes y en las etiquetas de botellas que seguirán envejeciendo con la dignidad que él les otorgó. Se va el «enólogo volador», pero sus alas quedan desplegadas sobre los viñedos de medio mundo, desde las faldas de los Andes hasta las suaves lomas de Burdeos. Como bien se dice en el sector, su legado permanece en cada vino que ayudó a crear y en cada región que contribuyó a posicionar en el mapa de los grandes placeres de la humanidad.







