La rebelión de los pequeños viticultores de la DOCa Rioja cristaliza en una alianza dispuesta a transformar las reglas del juego, demostrando que el valor real del vino nace de la tierra y no del número de barricas.
El lunes 25 de mayo, Madrid fue capital del vino…Por un lado el famoso crítico británico y Master of Wine, Tim Atkin reunió en Madrid a 160 bodegas con referencias superiores a los 95 puntos y por fin «Tim» tuvo su día de gloria reconocida y merecida, como si hubiese salido por la puerta grande de Las Ventas. Durante la mañana y hasta la hora de la comida en otro contexto más humilde pero igual de importante y autentico. Los pequeños viticultores de Rioja unidos por la asociación «Menudas Bodegas» hacian su paseillo por Madrid, en el St Germain Wine Bar de la calle Cochabamaba y allí apoyados por la UEC (Unión Española de Catadores) de la cual este que escribe es socio.
Esta buena gente atendió a una treintena de sumilleres, restauradores y prensa que acudimos con curiosidad además de otro Master of Wine como el admirado Pedro Ballesteros. Los viticultores y enologos de «menudas Bodegas» nos hicieron sentir como en familia y acabamos picando a la hora de comer como si estuviéramos en un «Txoco». Quedan en la memoria la referencia de algunas botellas y la sensación de que Rioja Como Denominación tiene algunos frentes abiertos y una imperiosa obligación de mostrar mejor su diversidad.
Esto es un hito estratégico al convocar un salón profesional en Madrid. Lejos de ser testimonial, el evento supuso una declaración de intenciones estructurada en tres ejes: visibilidad comercial para acceder a sumilleres y alta restauración; legitimidad cultural para consolidar un relato de autenticidad; y presión regulatoria sobre la denominación. Este movimiento sigue la estela de su éxito en Logroño y en Madrid Fusión, confirmando que estos pequeños elaboradores exigen su espacio legítimo, aunque tuvieron la mala pata de coincidir con el evento de Tim que eclipsó un poco el foco.
¿Es posible revolucionar la denominación desde sus cimientos?
En el universo vinícola, donde las cifras millonarias suelen copar los titulares, un grupo de viticultores ha alzado la voz para defender una filosofía opuesta: la belleza de lo pequeño. Nace así Menudas Bodegas, una asociación de pequeños elaboradores de la DOCa Rioja que opera como una auténtica plataforma de resistencia cultural. Su propósito es nítido: ganar visibilidad, compartir costes operativos y presionar para que la normativa deje de medir con la misma vara al gigante industrial y al artesano que apenas supera unos miles de botellas. Su identidad pública es un manifiesto a favor de un Rioja de escala humana, ligado al viñedo, al pueblo y al elaborador.

¿Qué es exactamente Menudas Bodegas?
Constituida en 2024, la asociación comenzó con diez proyectos fundacionales. Para 2025, el colectivo sumó a Hoplita y Reditus, consolidando doce miembros, cifra clave en su reciente convocatoria en Madrid. Las normas de pertenencia, blindadas por estatutos, dictan que solo pueden formar parte bodegas amparadas por la DOCa Rioja cuyo volumen anual de embotellado y venta no exceda las 5.000 botellas. Este límite protege una filosofía cuidadosa, familiar y vinculada a viñedos propios.
Menudas Bodegas no nace con vocación de ruptura. Los estatutos exigen la pertenencia a la denominación, reflejando que su intención no es el abandono, sino una reforma interna. Denuncian la falta de representación de los microproyectos en una estructura dominada por el volumen. Quieren transformar Rioja desde dentro. La gobernanza recae sobre una tríada de viñadores que asumen el trabajo integral, negándose a ser meros proveedores de uva: Adrián Moreno (presidente), Elena Corzana (secretaria) y Rufino Lecea (tesorero).
¿Cuáles son sus verdaderos objetivos?

La estrategia de Menudas Bodegas se despliega en cuatro frentes. En lo económico, funciona como central de servicios compartidos. Sus estatutos contemplan la contratación conjunta de marketing, redes, distribución y asesoría, además de compras agrupadas de botellas o maquinaria, reduciendo los costes fijos.
En el plano regulatorio, la asociación exige una reducción de la burocracia que soportan las estructuras familiares y la eliminación del número mínimo de barricas exigido para optar a categorías de envejecimiento. Defienden que la excelencia de un vino no debe medirse por el músculo financiero para almacenar barricas, sino por la calidad del líquido.
Desde la perspectiva comercial, el colectivo busca consolidar un relato común ante sumilleres y prensa especializada, demostrando mediante catas conjuntas que el vino artesanal tiene su espacio. Finalmente, su objetivo territorial es salvaguardar el patrimonio vitícola de los pueblos riojanos: calados históricos, viñedos viejos y variedades minoritarias, que defienden como su mayor argumento de singularidad.
Doce proyectos con nombre propio: ¿Quiénes dan vida al movimiento?

El perfil de los integrantes se centra en viticultores que pisan la viña. A continuación, la radiografía de las doce realidades del colectivo:
- Elena Corzana (Navarrete): Enóloga que tras su paso por Nueva Zelanda o Australia, estructuró en su pueblo un proyecto comprometido con la maturana y la «tierra roja». Destacan Elena Corzana Maturana, Elena Corzana Graciano, Elena Corzana Blanco y Minutero 2023.
- Rulei (Badarán): Proyecto de Adrián Moreno apoyado en dos parcelas familiares: Viña El Moral (centenaria de garnacha) y Viña Barracallo. Su porfolio incluye etiquetas como Rulei Viña El Moral 2019 (Viñedo Singular), Rulei Viña Barracallo tinto, blanco y Renques de Chenin.
- Bodegas Larraz (Cenicero): Apoyada en la finca La Cuesta y dirigida por la familia Piserra. Destaca con sus vinos Caudum Bodegas Larraz y Caudum Bodegas Larraz Viñedo Singular, este último con certificación oficial.
- La Bodeguita Escondida (Hervías): El economista Toño Larrea es el artífice de la recuperación de este espacio subterráneo. Da vida a la gama Ama y Ensancha el Alma (blanco, rosado y tinto) y al monovarietal Garnacheando.
- Hoplita Wines (Logroño): Amparados en un calado del siglo XVI, Julio Gómez y Elvira Villaro elaboran vinos nutriéndose de viñas de San Asensio y Briones. Sus referencias más sólidas son Areniscas de San Juan y Finca Los Cerezos.
- Jaime Ruiz (Briones): Viticultor que entrelaza la vid con el folclore local. Su vino bandera, Troqueao, toma el nombre de un baile tradicional, resultando en un tinto de viñas viejas de tempranillo y garnacha.
- Bodegas Jairus (Badarán): Jairo Morga combina su oficio periodístico con una viticultura ecológica. Elabora JAIRUS bajo producciones microscópicas mediante ensamblajes de tempranillo, garnacha y maturana tinta.
- Bodega Reditus (Cordovín): Los hermanos Benés regresan a la bodega familiar apoyados por la enóloga Flavia Elías. Reivindican el clarete y el legado con Reditus 2023 y la línea 23 Reales.
- Bodegas Gama (Cárdenas): Dirigida por José García de Pablo, defiende una escala minimalista basada en viñas viejas. Sus creaciones relevantes son Octogenarius (garnacha centenaria) y Heredad García de Pablo (blanco de viura).
- Bodegas Óscar Pérez (Briones): Fundado en 2020 por Óscar Pérez y Sara Martín, da continuidad a la herencia familiar «Zaruga». Referencias: Zaruga 2022 tinto y Zaruga Blanco 2024.
- Bodegas Horola (Baños de Río Tobía): Propuesta familiar en el Valle del Najerilla gestionada hoy por Syam y Adrián. Su catálogo incluye Horola Garnacha, Tempranillo, Viura y el vino de guarda Horola Mil.
- Bodegas Reminde (San Asensio): Propiedad de Rufino Lecea, esta bodega subterránea abandera la defensa del viñedo viejo. Cuenta con reconocimiento oficial y comercializa Reminde Peñalobera y Reminde Viñedo Singular.







